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Rodolfo Figueroa
Vol. 1, No. 2, Otoño 2009 : Poesía

Instantes

Al calor de los muros 
donde la memoria ha
dejado sus lamentos
estalla esta risa
          viajera imprevista
dormida en la ácida pulpa 
de mis ojos regados
Cuando esa escasa luz 
resolvió ser mi dicha
y el sonreír se impuso
como se impone el dulce rocío
                         en la piel de la uva
perdí mis instantes
mi lánguida rosa a medio morir
mi amargo caramelo rodante
espesa lágrima de mi árbol-casa
los infinitos de tu voz abanica
susurrándome la pena de nuestros fantasmas
dejé de notar 
la caída del telón oscuro
que hace brillar las estrellas
              cuando necesito apagar mi día
contando triste las infinitas migas
luminosos despojos de la fiesta de acuario
perdí por instantes
mi palabra adolorida
mi reflejo ondulante en el agua de mis días
mi persiana inservible
la eterna agonía destellante de mi viaje
mi dolor transmutado en oruga de abecedario
el necesario articulado paladar
de esta almacenada 
                                    confusa alma. 

 

Entre Compañía y Huérfanos

Cuando las bicicletas
aun tenían tapabarros
mi amigo Pedro,
que tenía una,
aun no era mi amigo.

Tímido, sucio, siempre demorado
coleccionaba piedras redondas
grises, limpias y lisas
jugaba sentado en la marmolina
de la casa de dona Flora

Reconocía en las tardes
un azul que nacía
del reflejo del rayo
en cruces de serenas Iglesias
y piedras verdes de montaña

No creía en el llanto melódico
de los borrachos siempre cojos
que no recordaban los accidentes
del mismo rumbo que desafiaban
noche tras noche
siempre guiados por los ecos de su lamento
hasta la guarida donde sus pies revivían
robando un pedazo de calor a su larga agonía
bebiendo restos del tiempo
que ya no les alcanzaba.

Sus cordones se enredaban
en la escalinata carcomida de
la línea Quinta Normal-Matucana
en sus marcos
como ventanas se traslucía
tierra de macetas quebradas
ilusionada luz de ilusionados helechos
secas raíces moribundas
que para él descifraban la melodía del croata
que siempre al mediodía,
ahogaba en su rústico piano,
gritos impacientes
en rincones hediondos de espera muerte.

Quién puede no pensar en balcones?
quién solo construye ventanas?
quién vive sin terraza
solo con patios interiores?
ni jardines
ni barandas
ni mástiles
ni mascotas cercadas
la luz heredada del surco del tiempo
y el frío heredero de abrigos eternos

En el cielo interior
se perdía el miedo a ruidos extraños
a siluetas deformadas por la fiebre
dibujos de sombra
que querían advertirnos algo
el sueno te arrinconaba
te sentenciaba a ese aroma de madera
que se diluía en el indulto de una nueva mañana.

Todo se ha congelado de olvido,
hasta tu sonrisa triste, Pedro.

Hoy
vivo bajo techo bajo
y sobre mis mesas
sobres sobre sobres
las paredes ya no cuelgan de platos picados
y los estantes ya no sostienen viejas siluetas mancas
Hoy
estoy huérfano y mis miedos me hacen compañía
me sobran paredes demolidas
me falta adobe y bolero
extraño ese tenaz laberinto
con pasajes de besos e infierno
ese imborrable mosaico en lo alto
de la única casa que reconocí en la calle larga
entre compañía y huérfanos.

 

Tres Pesos

Debo hablar por mí

quizás no a todos
la goma les manchaba la hoja blanca
queriendo sólo borrar
una insignificante “y” griega

Debo hablar por mí

tal vez el amor si alcanza
para aquellos que rozan
sus brazos con los tuyos
escondidos en sus lentes oscuros
y solapas anticuadas
corriendo frente a los tribunales de justicia

Aunque,
sólo debo hablar por mí

no me digas que no esperabas el jueves
cuando el abuelo dejaba tres pesos
y un amaretto
en el sillón que usábamos para planchar,
caminaba diez pasos
para lavar sus manos
y otros tantos
para perderse en la resquebrajada
pintura rosa de la memoria
contenida en el marco aquel

No me digas que no caminaste
pie juntillas para alcanzar
el atardecer pobre
en la calle de edificios con apellidos
y aromos huérfanos sin nombres

Siempre hablé conmigo
antes de llegar a casa

Donde lavazas y agua
Donde escobilla
Donde ventanal abierto
Donde frío y frío
Donde hambre
Donde té, mate, remate
Donde esa era la muerte
y milagro no significaba nada.

 

Santiago llama

Entre todas sus aceras
mi era
            me encierra su hierro
            me avienta su rabia 
se crece
            me cree
su duelo me duele
            su dolo me invierte
me usa, se acusa
Confía de tarde
mi Santiago se posa
traspasa 
            me traza
                        transita
                                    me incita
me avisa que parte
me dice ya vuelvo
me refleja
            se aleja
                        me deja
Me duerme su valle
me lleva su parque
me arde su noche
me invita su forma 
Santiago me canta
se levanta 
            me lava
me muestra y se postra
            se lustra
me escupe y se exculpa
sacude su saco, 
            me sigue
                        me ignora
Habla su río que arrincona
            que roe 
lo ensucia y lo enoja
su montaña que ríe
            que llora
lo calma y lo salva
entre su nieve y su nube
entre su tierra cemento
y su cielo sin viento.

Rodolfo Figueroa nació en Santiago de Chile el año 1969 y sin considerar nunca la posibilidad de elegir, fue educado en la fe Católica y mal educado en la poesía caótica. La muerte de su Padre y la muerte de su patria lo ensimismaron. Lo dejaron arrinconarse sin otra manta que la poesía de Huidobro y Neruda, los versos sueltos de Cardenal y Dalton, la ilusión lejana de Brecht, la conquista serena de Machado, el camaleón fulgurante de Hernández. Estudió castellano en la sede maulina de la Universidad de Chile, actualmente Universidad de Talca, mientras la inacabable lluvia lo enamoraba aún más de su lejana y actual Andrea. Conoció a su amigo Jorge (aunque él nunca lo conoció), lo vio gastar sus codos en los mesones del bar "La Unión" y recogió más de algún poema desprendido de entre su antebrazo y su corazón. Caminó con él por la cuneta de la memoria y cuando el instinto de supervivencia lo alejó de sus lecturas, llegó por estos lados y sin jamás imaginarlo, el canto continuo y sinfín de la nostalgia, brotó en poesía cuurca, enderezada con paciencia, con la guía de su amigo Carlos. Rodolfo tiene tres hijas, la Javiera, la Valentina y la Daniela. La mejor poesía que ha escrito.

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